domingo, 13 de octubre de 2019

Recomponer el alma


Hay personas, que nos hacen falta muchas experiencias vitales para reconocer que un día, en una edad muy temprana, se nos rompió el alma. Puede y todo, que ya llegásemos a este mundo con ella hecha pedacitos y cada una de las experiencias  que decidimos vivir, son una muestra de cada trozo y la suma, crea lo que hoy somos.
Tener una infancia difícil, donde la soledad sustituye al cariño y el cuidado que un niño necesita, no es suficiente para justificar que ya de adulta, sigas sintiendo cierto vacío interno. Con lo has vivido, los buenos y malos momentos, parecía que todo estaba aceptado, pero no, siempre hay situaciones que te recuerdan, te conectan con algunas decisiones o direcciones que tuvimos que tomar simplemente, para poder sobrevivir. Decisiones que te quedan ancladas en lo más profundo y que surgen cuando parece que estás preparada para mirarlas directamente a los ojos y decirles por fin, adiós.  
Para explicar las razones por las que una ha llegado a ciertas conclusiones, no quiero hacerlo en plan victimista, pues es muy fácil culpar de todo al exterior y esperar que te cojan de la mano y te miren con pena, ni tampoco como una super heroína, aunque he sido capaz de sobrevivir manteniendo la cordura a situaciones bastante complicadas.  Tan sólo quiero salir de ese laberinto emocional que me provoca el recuerdo de cada instante que la vida me ha puesta a prueba, sin renunciar a ello, pero sí conseguir aceptarlo sin rabia, sin miedo, sin ese impulso a querer controlarlo todo que me empuja a ser tan dura conmigo misma. Esa mezcla entre la fragilidad y poderío soy yo. Sensibilidad infinita y empuje arrollador. Cuando consigo el equilibrio, realmente soy feliz, en esos momentos necesito bien poco para valorar la vida y ver todo lo bello que nos ofrece. Pero la realidad, es que no estamos solos y que en nuestro círculo más cercano son los otros los que nos muestran con sus actos nuestra propia realidad. Ellos pueden ser el reflejo de lo que realmente somos y poner límite, hoy en día, para mí es difícil. 
Soy la mayor de 4 hermanos. Del segundo hasta hace bien poco no hablaba, lo había dejado olvidado en algún rincón de mi memoria. Tenía 3 años cuando murió. En mi mente veo escenas de los pocos momentos que pude compartir con él. También del día que falleció. Todo fue muy extraño y por primera vez sentí un bloqueo emocional. En esa situación de dolor absoluto, yo no sentía nada, recuerdo mi intento de racionalizar ese momento, y claro que me tuvo que doler, hasta me tuvo que provocar mucho miedo, pues existía la posibilidad de que la próxima fuera yo, nunca sabía como iba a reaccionar mi madre y su mente enferma. Recuerdo como creé una estrategia de supervivencia para no hacerla enfadar, ya que ella, era capaz de pasar de un estado a otro sin previo aviso, ir de la dulzura a la violencia en menos de un suspiro. La necesitaba y le tenía miedo. Fue ahí cuando comencé a sentirme sola, abandonada y en peligro. 
Esta semana he hecho un gran descubrimiento, he podido entender por qué estoy tan apegada a mis hermanos, por qué tengo con ellos las exigencias de una madre y qué relación tiene con todo lo anterior. Cuando nació mi hermana tuve un sentimiento tan fuerte de protección y de amor hacia ese ser diminuto y hermoso que para mí supuso un antes y un después. Lo mismo me pasó con mi hermano pequeño.  Creo que inconscientemente, prometí protegerlos, cuidarlos por encima de todo, incluso por encima de mí misma. Eso me ayudo a sobrevivir, pues igual por mí, no sé si lo hubiera hecho. Esta manera de afrontar una situación,  me recuerda el caso de una amiga que supera una grave enfermedad siendo sus dos hijos la motivación más importante para seguir viva. Así, me convertí en el referente de mis hermanos y aunque lo hice como pude con las herramientas que disponía, durante muchos años y desde muy pequeña, ellos eran mi prioridad. Cuide de mi hermana, de mi hermano y también de mi padre, ya que ese rol de mama gallina le iba estupendo para no asumir responsabilidades. 
En la actualidad, he comenzado de verdad un proceso de autorealización y autodescubrimiento. Como una aprende a base de collejas, ha sido a través de la enfermedad, la cual me ha empujado a intentar descubrir quién soy y qué quiero realmente de la vida. Llegado este punto, es cuando comienzas a hacerte preguntas desde el corazón y te prometes ser sincera contigo misma, no hacerte más trampas al solitario. Ahora ya tienes la baraja y conoces el juego. Las respuestas van surgiendo poco a poco, tampoco tenemos porque saberlo todo, pero sí lo suficiente para encontrar esa paz que tanto anhelo y merezco. Por ello, al descubrir ese apego tan profundo con mis hermanos y el sufrimiento que hay detrás del mismo, he entendido el motivo por el cual siento ante ellos un huracán de sentimientos: rabia, enfado, tristeza, incomprensión, un amor desbordado, etc. que necesito sanar. 
Ha sido muy duro para mí, conectarme con sentimientos tan lejanos pero que condicionan mi vida y mi felicidad. Asimismo, me siento contenta por esta abertura emocional que tanto necesitaba aunque no se muy bien como gestionar, en ello estamos. 

Recomponiendo mi alma...

Conchi Gil



Una chica revoltosa



Marzo del 2016

Me encuentro de pie en la entrada del tanatorio Sancho de Ávila. Por suerte no hay mucha gente. Desde el final del pasillo, veo como se acerca mi hermana menor. Al llegar frente a mí, sin mediar palabra y con cara compungida, me entrega un guante quirúrgico transparente. Dentro, hay dos anillos dorados. 

Al llegar a casa tras los trámites del funeral, lo primero que hago es entrar en mi dormitorio, enciendo la luz, me siento en el borde de la cama y meto la mano en el bolsillo del abrigo. Allí sigue el guante, con ese tacto particular entre suave y pegajoso. Lo saco. Lo abro y miro dentro. Puedo ver una alianza de boda algo desgastada por el paso de los años y otro anillo más ancho con unas iniciales grabadas en letra antigua. Ambos están manchados de sangre. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Me crea un sentimiento contradictorio y los dejo tal como están, dentro del guante, sin lavar. Cualquier muestra de vida es bienvenida. Empiezo a pensar e imagino que será consecuencia de la vía puesta en el hospital en el intento de salvar su vida. En ese momento, esas manchas rojas, pasan a simbolizar su último aliento y no podía acabar con su recuerdo, con un simple jabonazo. Me tumbo en la cama y me vienen imágenes de muchos de los momentos vividos, también las historias que me contaba siendo yo muy pequeña y que hoy, las podía ver pasar por mi cabeza como una película, tan reales como su propia historia. 
Magdalena; así decidieron llamar a la más pequeña de los ocho hijos que tenía la pareja de campesinos navarricos, concretamente del pueblo de Buñuel. Los años treinta para esta familia eran momentos de austeridad pero sin pasar falta alguna. Disponían de tierras donde cultivar buenas alcachofas, el apreciado espárrago y alguna de las hortalizas características de la zona, lo que les dotaba de sustento económico y nunca les faltaba un plato en la mesa. También poseían un pequeño establo donde disponían de un puñado de animales de granja con los que cubrir el resto de necesidades nutricionales diarias: buena carne, leche y huevos. 
Magdalena se crió en el campo, viendo trabajar a su padre todo el día, del amanecer hasta la puesta de sol. Ella, de cara sonrosada y picarona era la niña de sus ojos. El patriarca soñaba con que fuera quien lo cuidase un día de viejo, pero sus deseos iban mal encaminados. La rebeldía invadió el libre espíritu de la moza, que desde muy temprana edad se negó a realizar tareas propias del campo y frecuentemente, para evitarlo, se escondía subida a los árboles frutales o desaparecía caminando por las colinas del desconcertante paisaje de las Bardenas Reales. Ella, la más pequeña, ya pasada la guerra civil, con solo 14 años, quería imitar a sus hermanas mayores y marchar a los pueblos vecinos a prestar sus servicios como doncella en las casas de los mejor posicionados. Eso suponía acceder a un mundo de cultura y conocimientos que le enseñase a observar la vida desde otra perspectiva. 
Semana tras semana, en plena adolescencia, esperaba con ansiedad la llegada del domingo. La vigilia dejaba preparado su mejor vestido al lado de su cama y se dormía tarareando alguna de las melodías que la semana anterior había escuchado tocar a la banda de música. Por la mañana bien temprano, todas las mujeres de su familia irían a misa en la Iglesia de Santa María de Magdalena de Tudela. Para ella, era un lugar especial que le incitaba a pensar que algún día la virgen le ayudaría a cumplir todos sus sueños. Pero lo que más anhelaba, era poder escuchar la banda, que como cada domingo tocaba su repertorio musical en la plaza de los Fueros, dirigida por el maestro Luis Gil Lasheras, conocido y reconocido por sus diversas propuestas en zarzuelas y por promover la música tradicional tudelana. Magdalena amaba la música y todo lo que la rodeaba. Se quedaba prendada mirando al director, viendo cómo agitaba la batuta con ímpetu y decisión y de vez en cuando, éste, mientras dirigía a sus músicos y viendo la cara embelesada de la muchacha pegada a la barandilla del quiosco, le guiñaba un ojo con media sonrisa. Ella se ruborizaba y la fina piel de su cara se tornaba rojo amapola. Su corazón latía fuerte, tan fuerte, que sus latidos casi podían formar parte de la pieza musical. Así pasaba la hora que duraba el concierto, flotando entre notas. Cuando llegaba el momento de regresar a casa lo hacía con honda tristeza, le gustaba el ambiente de Tudela, la gente con sus trajes modernos y hermosos sombreros. Observaba en la plaza el ir y venir de hombres y mujeres, los niños corriendo, maquinando juegos y travesuras. De mientras, su madre aprovechaba para relacionarse con otras mujeres de su misma condición, a las cuales se les intuía en la piel el duro trabajo diario pero a la vez, se las veía satisfechas, plenas por haber sido capaces de cumplir su función fundamental como madres de familia. Magdalena la quería, aunque no tanto como a su padre que la colmaba disimuladamente de cariños y entendía en cierta manera, su inquietud por la vida. 
El tiempo iba pasando y la moza se contentaba con poder mirar muy de cerca, desde casa, el hermoso paisaje de las Bardenas Reales. Tan diferente al verde de los cultivos, con ese color ocre tipo desierto, era del todo hermoso. Estaba convencida, que no existía paisaje tan bonito en todo el mundo, por lo menos, en el mundo que ella imaginaba. Pero aún así, nada la persuadía a abandonar la idea de un día marchar, ni siquiera el alto amor que sentía por su padre. Aunque sí que le dificultaba el cumplir su deseo. 
Llegada la primavera de 1941, dos de sus hermanas se habían ido a probar suerte a Barcelona. A través de las monjas carmelitas las habían colocado en una casa de una familia burguesa y según contaban en sus cartas, era un trabajo entregado a jornada completa pero mucho menos duro que labrar el campo. Ya en ese momento, su padre se entristeció mucho y estuvo varios días sin probar bocado. Finalmente, no le quedó otra que aceptar que las cosas estaban cambiando y que, si realmente quería poder dar un futuro próspero a sus hijas, debía dejarlas ir. 
Poco después, a Magdalena le salió la oportunidad de trabajar como sirvienta en una casa tudelana. Su madre le dio la noticia el último domingo de mayo. Por lo visto, la esposa del director de orquesta necesitaba ayuda para poder realizar sus quehaceres y cuidar de su última hija. Al enterarse, la muchacha, no se lo podía creer e intentó disimular su alegría. -En casa del director de orquesta, eso sí que era una buena noticia -pensó para sus adentros. A sus 16 años tenía un cuerpo bien formado y esbelto, era una moza guapa y altiva que llamaba la atención de los hombres más mayores por sus formas y saber estar, lo que facilitaba el poder acceder a este tipo de trabajos. 
El primer mes de trabajo fue difícil. Adaptarse al carácter de la señora era más que cansado. Su humor cambiante y seco le hacía acostarse más de un día llorando. Por suerte, estaba el maestro Gil que siempre que podía le hacía sonreír. 
Con el paso de los días se fue adaptando y aprendió a consolarse con tener el privilegio de poder escuchar los ensayos del señor mientras escribía sus nuevas partituras. El cual, alguna vez la había encontrado escondida detrás de la puerta escuchando atenta cada una de las notas. Ante este descubrimiento él, con cara de verdadero interés le decía -¿Te gusta?- y Magdalena afirmaba sin dejar de mirarlo. Había una canción que se repetía sin cesar una y otra vez. Era alegre, de aire festivo. Un día de esos que la sorprendió escuchando, la hizo pasar a la habitación, sentarse en una silla y escuchar toda la melodía. Sin mirarla le dijo: -¿Y si te dijera que la he escrito para ti?-. En esos momentos, Magdalena creyó en la virgen y tuvo la sensación que su sueño se había hecho realidad. A su joven edad estaba tan segura. Continuó diciendo, -Tu pasión hacia las notas de mi música han sido la alegría de mi día a día. A esta canción la llamaré “La revoltosa” y será símbolo de cómo se mueve mi corazón ante tu presencia, al igual que yo intuyo que se mueve el tuyo con mi música.-
Allí comenzó una historia prohibida que cambió la vida de mi abuela. Tumbada en mi cama imagino lo difícil que sería para ambos el aguantar la incomprensión y la crítica de la sociedad de esos tiempos. Una chica de 17 años con un hombre treinta años mayor que ella. La imposibilidad de conseguir un divorcio y con ello, consumar su matrimonio de forma legal. Pero también veo la fortaleza de las convicciones y del propio amor. Hoy con esos anillos en mi mano, símbolo de un amor real. Un amor que inspiró el nacer de una canción que cada año la bailan cientos de personas danzando alrededor del quiosco de la plaza de los Fueros de Tudela y, en ella, desde el mayor de los secretos, representa el latir de dos corazones creando un torbellino de sentimientos. Porque a las personas si hay algo que nos mueve, es la música; si hay algo que nos mueve, es el amor. 

Conchi Gil


martes, 15 de agosto de 2017

La mujer del alma "Aireada"


Esta es la historia de una mujer y su alma por llamarla de alguna manera, "aireada". Aireada por el movimiento constante de su existencia. Una alma siempre activa, en la búsqueda de poder encajar correctamente en ese pequeño cuerpo dominado por la mente y de vez en cuando, poder ser escuchada. 
En la vida de la mujer, habían épocas de todo.  Momentos de creación de grandes proyectos personales, consecución de metas siempre creyendo que eso era lo que la iba a hacer feliz. Para esa mujer, su infancia fue tan dura, que en tal pudo, la dejó abandonada como una mascota sin dueño. Aunque la ignorara, en el fondo de su corazón siempre podía sentir la profunda herida. En cambio,  la juventud fueron momentos de autodescubrimiento, de hacer y hacer sumergida en sus pensamientos que dada la suma en experiencia, cada día eran más elaborados. También hizo muchas cosas que la hicieron feliz, muchas de ellas, dirigidas a los demás. Era su manera de sentirse satisfecha. El dinero no era su prioridad, pues le compensaba más el agradecimiento y reconocimiento de quienes la rodeaban, así que buscaba trabajos donde consiguiera ese objetivo. Por ello, para no decepcionar, siempre se esforzaba por hacerlo todo muy bien. Llegaba a un nivel de autoexigencia que en ocasiones la agotaba. Y de mientras, ahí tenía su alma, encerrada sin ser escuchada. En ocasiones, cuando la cosa perdía el sentido, confabulada con algunas emociones se hacía oír con pequeños golpes corporales y ella, enfermaba. Una gripe, un dolor de estómago. Pero como vivimos tan rápido y su cuerpo era joven y fuerte, se recuperaba pronto. Aunque en el fondo, en muchas ocasiones, esa mujer podía sentir esa inquietud interna y en el intento de dejarla hablar, salían miles de sentimientos desordenados y de todo tipo, complicados de llevar. 
Según fue creciendo e iba consiguiendo las cositas que ella creía le hacían feliz, notaba como de manera inconsciente, se iba alejando poquito a poco de su propia esencia. Esa esencia que siempre le había motivado e impulsado a ver lo bonito de la vida. Disfrazando el miedo al vacío con una dinámica vital insostenible, llegó un momento que su mente funcionaba tan deprisa que no dejaba espacio para sentir.  Fueron pasando los días, las semanas, los meses y hasta años, y ahí seguía, atrapada y con esa sensación de no saber... 
Esa situación de emociones atrapadas y cierta parálisis, ante la posibilidad de asumir alguna responsabilidad vital más, su cuerpo le pegó un crujido que la sacó fuera de todo con un clic de dedos. 
-Huy, por fin parece que podré decir alguna cosa- pensaba su alma algo triste e incómoda aún ante la falta de espacio y compenetración entre lo que ella era en realidad y el plano físico. 
Y la dejó salir un poco, a través de la culpa, del miedo y la tristeza. La mujer estaba convencida, de que esa era su verdadera alma.  Lo que no sabía es que para llegar hasta ella, había que hacer un largo camino basado en la sinceridad y amor hacia uno mismo. Algo que pensó nunca le habían enseñado a hacer. 
Siguió y siguió, con alguna dinámica que en cierta manera acallaba los grititos de su alma. Convencida de que a partir de entonces todo sería diferente. Pero seguía sintiendo un miedo que si lo perseguía o estiraba, podía llegar a cierta rabia oculta. 
-Mejor dejamos esa sensación ahí quietecita, que sino, me pongo muy fea y seguro que los demás me dejarán de querer- se decía la mujer de forma muy sutil. Aunque en el fondo de su corazón, ella sentía una ganas enormes de sacar, de vaciar esa sensación interna de lleno, de intranquilidad que le provocaba el constante silencio de un alma aireada y viva que quiere contarte como liberar tu corazón y darte la oportunidad de vivir la vida con sinceridad. Sin tanta carga, sin tanto peso. Con la paz de la fluidez de no hacer nada más que dejarse llevar y confiar. 

Conchi Gil

lunes, 29 de mayo de 2017

Escribir desde el alma

7 de abril del 2008
1.     
La vida nos inunda de pasión como un rio que baja incesante por la montaña.
Nos hace recordar que estamos para algo con el simple hecho de poder respirar.
Simple nunca es la vida, menos aún el respirar.
2.     
Siento tu aliento cerca de mi cuello. Necesito mezclar tu olor con la aroma de la mañana. Oír la música y recordar, escuchar el viento y llorar. Nadie es perfecto. Mi memoria hace estragos en mi alma por quererte olvidar. Calor en las manos. Mirada que clava sensualidad. Ya no estás. Ya no te oigo respirar...
3.                  
Salir corriendo, subir montañas, escalar las más grandes emociones cuando vas por la calle y   miras a un desconocido y...te reconoce. Búsqueda de pasión sin compromiso. Búsqueda de la calidez de la confianza. ¿Qué es mejor, cubrirse con tu paraguas de toda la vida o dejar que la tormenta moje tu cara? Todo depende del calor de tu corazón, de la inquietud de tu alma, del frío de la calle, de la necesidad de no mirar más que las rayas que te protegen de un mundo que la moral castiga, pues no se puede llevar el paraguas abierto sobre la cabeza y mojarse la cara al mismo tiempo...
4.     
Hablar del amor como del viento. Pues sólo se puede sentir, nunca ver. Tan sólo retratado sobre los demás se insinúa, a veces con elegancia, otras con la fuerza del huracán. Se proyecta desde el exterior hasta colarse por los huequecitos que dejamos en el corazón, de una puerta, en las esquinas, en las grandes explanadas solitarias que los buscan. Allí la soledad espera con sus silbidos alegres, su grato vaivén en la larga madrugada. De día es más fácil pues el sol la acompaña. A través de la luz le enseña lo objetivo, todo un mundo visual lleno de color que sin el viento, piensa ella, no tiene vida, pues le falta movimiento. La alegría del no ser visto, del sentir, de la improvisación instintiva es lo que nos hace, grandes, hermosos y a su vez, inseguros y desconfiados. Pues soñamos con tener sueños y al vivirlos, deseamos despertar...

Vacío maternal

Cada vez que sus pulmones amenazan con dar el último suspiro, Helena huye aterrada hacia el pasillo del hospital. No puede soportar ser testigo de esa última muestra de vida. Suficiente duro es observar su cuerpecito consumido ahí tumbado. Desde que la sedaron y la muerte ronda cerca, ni siquiera es capaz de agarrar su mano. La situación la desborda. Jamás ha perdido a nadie. Jamás a una madre. Y aunque hacía mucho tiempo que la sentía lejos, no era lo mismo. Ya nunca escucharía esa voz alegre y a la vez, distorsionada que tanto la había hecho enfadar. Ahí fuera de la habitación, apoyada en una de esas paredes color crema, su cabeza da vueltas intentando encontrar algún recuerdo dulce con el que apaciguar el difícil momento, pero su alma está muy dolida. Por ahora, por antes.
Al poco, de la habitación también sale quien le dará la noticia. No hacen falta palabras, en su cara una expresión rígida como una diapositiva. De los ojos de Helena brotan lágrimas infinitas y en su pecho surge una emoción de desahogo al dejar fluir gritos escondidos.
-Ya descansa en paz- le dicen, y no sabe muy bien por qué, pero no le consuela. Quizás porque ella está muy viva y para vivir hay que olvidar, hay que superar y sabe que le queda un largo camino aceptando ese vacío. 

Flor de vida

¡Buenos días! ¡Buenas tardes! ¡Buenas noches!
Las palabras surgen de su boca sin sentido. En ocasiones ni coinciden con el momento del día, pero a Víctor, le da igual.  Sumergido como cada jornada en la monotonía del trayecto de bus, intenta pasar desapercibido delante de las miradas de las muchas personas que suben al vehículo. 
-Por favor, pasen al fondo-grita malhumorado mientras da un repaso al perímetro de su metro cuadrado. 
Un día como otro cualquiera, llega a su nariz un olor intenso que le lleva a recordar su niñez. Levanta la mirada del volante y busca. Ahí, justo al lado suyo, un indigente con un curioso sombrero lleno de flores frescas  lo mira con curiosidad y hasta con cierta tristeza, e impetuoso le dice a Víctor:
-Te he estado observando, y no puedo resistirme. Toma esta flor, mírala bien. Te la entrego para que no olvides que fuera siempre existe vida- y le da una linda margarita que Víctor acepta rompiendo por primera vez en mucho tiempo su autismo y viendo en ella, una oportunidad de vida. 

En ocasiones, los actos más sencillos son los que más pueden cambiar nuestro rumbo. Tan solo hay que estar abiertos y no perder la oportunidad. En cualquier esquina puede que nos esté esperando. 

Durante unos instantes te perdí

Dentro de la oscuridad de la noche mi corazón late sobresaltado ante un sonido que me llega lejano como un sueño. Me incorporo en la cama y soy testigo consciente del ring real del teléfono. Aturdida y temblorosa me levanto. Tan sólo el sonido persistente de la llamada rompe la sensación de soledad de la casa. Ni siquiera me calzo. Llego apresurada a coger la llamada y al descolgar escucho una voz de una mujer alterada que no reconozco. En primera instancia pienso que es alguien que se ha confundido y en la intención de colgar mientras alejo el auricular de mi oído, escucho entre sollozos: -Nena, tu papá está tumbado en el suelo, está morado...mija, ayúdame!- y al instante me viene la imagen de mi querido padre ahí tirado en el suelo, sin vida. En el fondo de mi corazón siento que no es algo tan improbable pues las últimas veces que lo había visto,  no tenía demasiado buen aspecto, hasta había comentado con mis hermanos esta posibilidad, pero al vivirla, es totalmente avasalladora. Al instante,  mi cuerpo entra en shock y comienza a temblar de manera exagerada, mi mente se colapsa. Soy incapaz de dejar de moverme de un lado a otro mientras que de mis ojos brotan grandes lágrimas que me impiden poder ver con claridad. - Carmina para, piensa ¿qué debes hacer?...-Es tal la angustia que siento, es tal la tristeza que no puedo concentrarme. Cuando consigo coger el teléfono móvil casi no puedo marcar, tengo las manos llenas de lágrimas y de mocos retirados, que nacen y nacen sin parar entre el llanto desgarrador.
-¡Manuel, Manuel!- grito aturdida al conseguir contactar con mi marido que está de viaje de negocios-mi padre Manuel, se muere...tengo que llamar a la ambulancia y no me acuerdo del número de su casa. ¡Oh dios mío, dios mío!- es tal el caos emocional en el que me encuentro que soy incapaz de poder gesticular una frase seguida con algo de sentido, en mi mente solo hay un vacío acompañado de un cuerpo tembloroso que se convulsiona totalmente ajeno de la necesidad del momento.  Quiero ser de ayuda y el dolor, el miedo a la probabilidad de no sentir nunca más su voz, me noquea, me paraliza. Lo único que tiene rienda suelta son estas emociones tan puras e intensas. Cuanto amo a mi padre, nunca pensé que la primera noticia de su ausencia fuera a ser tan increíblemente arrolladora y traumática.
Una vez que consigo contactar con mis hermanos y llamar a la ambulancia, todo ello dentro de un estado de pánico absoluto. Al comunicarme que su corazón late, mi nivel de estrés comienza a descender.  Más tranquila soy capaz de ir al baño, mirar en el espejo mi cara congestionada y allí apoyada sobre la pica coger aire profundo mientras siento que tenemos una segunda oportunidad. 
-Que suerte la mía, podré aprovechar para decirle lo mucho que lo quiero- me digo a mis adentros. Hoy he sido testigo del enorme dolor que sentiré cuando mi padre fallezca y en vez de vivirlo en la muerte, aprovecharé toda esa energía para disfrutarlo, si se deja, en vida.