lunes, 2 de mayo de 2016

EL BAR DEL TIEMPO. Capítulo 6: En busca de nuevas aventuras.

En busca de nuevas aventuras

XII

Después de la larga semana laboral, de nuevo domingo. Mauro había podido disfrutar en la comida de un delicioso bacalao a la braz, especialidad de la familia que su padre había aprendido a cocinar viéndoselo hacer a su abuela. Le salía muy bien. Jugoso y nutritivo lo hacían plato único acompañado de unas buenas lonchas de pan recién hecho y una botella de vino blanco. Era un éxito, pues los platos quedaban vacíos y relucientes. Lo mismo podemos decir del vino que se acababa al unísono y les provocaba un plácido sueño de mediodía.
Cabezón por la siesta se estira perezoso todo lo largo del sofá. La tele puesta con la película del mediodía fin de semana de la RTP,radio y televisión portuguesa, que nadie ve. Mira  la butaca de su derecha y allí descansa placidamente su querido padre. Se quedó dormido con la boca abierta y el periódico deportivo en las manos. Mauro se levanta con cuidado y se dirige al baño a lavarse la cara. Al pasar por el lado de su padre, este se sobresalta. Lo mira con cara de extraño con los ojos muy abiertos, dice algo sin mucho sentido y vuelve a dormirse.
A Mauro le gustan los domingos por esa tranquilidad de la no prisa. Comer tranquilo y descansar hasta que el cuerpo te dice basta. Para luego, salir a pasear por las calles de Lisboa llenas de vida, de gente de arriba a abajo disfrutando del día festivo. Se ha puesto unos pantalones tejanos y una camisa color azul cielo. Recuerda con cariño, como su madre le decía lo bien que le sentaba ese color a su piel morena mientras le acariciaba el pelo negro con sus manos y lo miraba con ojos de amor incondicional. Ponerse esa camisa para él era hacerle un homenaje a su madre desde el silencio y el lenguaje del corazón. Se sentía protegido, arropado ante una prenda que inspira ese maravilloso recuerdo.
En unos instantes, sale de la puerta de su casa y coge la furgoneta de trabajo de su padre color crema, llena de utensilios de faena y con ese característico olor a a cemento. No es el mejor vehículo para acompañar a una posible candidata a novia pero hoy le toca conducir a él y hacer de chófer de sus amigos.
Mientras que va en busca de sus acompañantes de juerga, planifica como decirles que le gustaría volver a ese curioso bar del pasado domingo. Quizás la chica que conoció ese día sería la mejor excusa para convencerlos, pero en caso de que eso falle, decirles que los invita a una ronda podría ser un buen elemento persuasivo, aunque en la realidad, su economía es demasiado precaria para hacer esos excesos. La cuestión es que tenía que volver, su intuición le decía que quedaba algo por resolver y no podía esperar otra semana más. En el caso que no quisieran, sabiéndole mal los dejaría sin chófer y tendría que embarcarse  a la aventura solo. Pero de lo que estaba seguro, es que debía volver y nada ni nadie lo iba a detener. 

XIII

De nuevo introducida en esa extraña realidad, Sharlotte está sentada en el mismo taburete de la esquina de la barra, aunque para ella es la segunda vez que se encuentra allí, parece que no ha pasado nada diferente. Mira y  de nuevo ve al personaje desproporcionado de la butaca de la esquina del local, con esa postura de estatua inmóvil y su enorme cabeza. Impresiona mirarlo. Obviándolo,  busca en la barra y encuentra a Artuán con la misma cara de curiosidad que la primera vez. Le sonríe con ganas de poder hablar pero recuerda la nota y espera su reacción, no quiere ponerlo en peligro ante algo que no entiende ni conoce. Sin mediar palabra Artuán salta de su taburete y se dirige haciendo eses hacia una puerta que hay en el fondo de la sala. Sharlotte imagina que son los aseos,  pues según informaciones recabadas, en esos antros aún se utiliza este medio de eliminación de residuos. Es curioso y divertido observar su caminar, parece que no acaba de tener muy claro hacia donde debe dirigirse. Da la impresión como si fuera saltando obstáculos, como si quisiera evitar chocarse con algo o alguien. Parecía como si el local estuviera lleno, cuando a simple vista se veía más bien vacío. 
Sharlotte en ese momento y vista la situación, no tiene muy claro que pueda conseguir la información que necesita, el ambiente del lugar está más bien apagado. Su único interlocutor parece que hoy no está muy dispuesto a interactuar, se ha marchado dando tumbos y no sabe cuanto tardará. Presupone que tiene intención de volver pues ha dejado su bebida a medias y una chaqueta esmirriada colgada del respaldo del taburete.
Sentada en la barra como una niña buena y obediente, sigue intentando entender la energía del lugar, tan caótico, con ese desorden auténtico de la libertad. Cada cual a su aire en un silencio también extraño para ella. No acaba de entender la falta de movimiento. Le fascina las miradas reprimidas y curiosas de los pocos asistentes con los que logra tener contacto visual. Intuye que les asusta su alegría, sus ganas de compartir pero no entiende el por qué. El único hecho extraño e inexplicable había sido el del Drone que había salido pitando ante ningún suceso en concreto. Mira dentro de la barra y allí siguen, con su luz parpadeante, a la espera de alguna cosa que los despierte y les dé la vida. Se queda pensativa y de repente se da cuenta. Hay alguna cosa que no sabe, que no se puede ver a simple vista. ¿Pero cómo enterarse? Recuerda la nota de Artuán. Ya sabe, necesita un trozo de papel y algún utensilio para poder escribir.
El papel lo ha conseguido de las ruinosas paredes, tiene una cerca al final de la barra y nadie se ha inmutado mientras arrancaba un trozo lo suficientemente grande y limpio donde escribir. Mirando bien las paredes parece que no ha sido la primera en hacerse con un trozo del papel pintado. El lápiz lo busca en los bolsillos de la chaqueta de Artuán. Ahí de pie esta más expuesta a ser vista por todos y se siente insegura. Su corazón palpita ante una acción que es su país supondría la muerte inmediata, tocar cualquier objeto de otra persona sin su consentimiento. Mientras registra los bolsillos con la tela entre sus manos mira los drones con miedo a que se despierten. Ahí está, que curioso el tacto del utensilio cilíndrico. Con el lápiz en la mano, corre de nuevo hacia su sitio. Le tiemblan las manos. Su experiencia es tan real que olvida por momentos que no corre peligro, no es más que un holograma. Desde la habitación del hotel, la verdadera Sharlotte respira hondo y sonríe satisfecha ante su aventura.

Continuará...







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