domingo, 10 de abril de 2016

EL BAR DEL TIEMPO. Capítulo tercero: Momentos desconcertantes.

Momentos desconcertantes

VI

Mauro se ha despertado sudando en su cama. Se levanta de un salto alterado, aturdido. No sabe muy bien que día y hora es. Siente como si tuviera algo pendiente que hacer. Se sienta en el borde de la cama e intenta enfocar la vista para intuir que hora marca el reloj de la pared de enfrente suyo, uno de esos que tiene de fondo los colores de la bandera portuguesa. Son las cinco y cincuenta minutos. Mira el calendario justo al lado. Es lunes, 11 de marzo de 1985. Al instante, siente un vacío en su estómago, debe ser el hambre de la mañana. Normalmente se despierta con un apetito enorme y dedica tras la ducha matutina, un buen tiempo a saciar su necesidad de alimentarse. Se incorpora, enciende la luz y se dirige hacia el armario. Busca su ropa de trabajo. Sigue con una sensación rara, no recuerda como se acostó. Sí tiene el recuerdo de haber estado tomando algo en un antro de la periferia de Lisboa, pero nada más. Llevado por la rutina, se dirige al baño. En estos momentos la casa está en silencio. Toda su familia, padre y hermano, siguen en su plácido sueño. Tan solo él se levanta tan temprano. Su puesto en la tostadora de café así lo requiere.
Una vez duchado y vestido con el horripilante mono color marrón claro, se sienta en la mesa situada en el centro de la cocina y comienza el festín de cereales con zumo de mandarina y frutos secos endulzados con miel de azahar. Aprovecha que han dejado un trozo de bizcocho de remolacha en el mármol para aumentar su desayuno con algo dulcemente apetitoso.  Mientras saborea la porción rosada sigue intentando averiguar como llegó a casa. Está un poco decepcionado consigo mismo, tuvo que beber demasiado licor Beirao como para no recordar nada.
Después del desayuno todo se ve mejor. Sale de casa y como cada día se dirige andando a la tostadora de la empresa Novodia café. Aún queda todo la semana de duro trabajo e intenta tomarse el hacer rutinario con algo de alegría. Se pone a silbar el viejo fado "Eu gosto daquela feia" de José Coelho que le ayuda a no intentar deducir cómo llegó a su cama la noche anterior.

VII

Me he levantado de mi taburete y me dirijo hacia el meadero más cercano. Tengo serios problemas con los urinarios de pie pues mi pequeña estatura me impide llegar con comodidad, así que opto por entrar al baño de los wc con taza, normalmente ocupados por todo tipo de personajes que quieren hacer de todo menos defecar. Para llegar, tengo que atravesar todo el bar. Da un poco de miedo, pues es fácil caer en la dispersión. El caos que ofrece la intemporalidad puede confundir a cualquiera. Tiene el poder de atraparte e introducirte en un bucle dentro de la realidad más absurda. Consigo llegar. Entro y ante mí, hay los habituales lavamanos llenos de vasos vacíos de todo tipo de bebidas y épocas. Alguien se olvidó, año tras año, de recogerlos. Crean una fotografía de lo más peculiar. A mi derecha hay cuatro puertas, todas cerradas. Tendré que ser muy persuasivo si quiero conseguir que me presten un servicio. Empujo con energía la primera, y al abrirse hay sentada en la taza una mujer. Su larga y despeinada melena rubia esconde su cara. Su cuerpo se tapa con un par de trapos plateados que cubren lo justo para no decir que va desnuda. Por su postura corporal, está totalmente ida. Mezclar drogas con bebidas como la Kion, un sustrato de graviola, es un riesgo mortal. Te puede atrapar para siempre. Desisto y voy hacia la segunda puerta. Pongo mi mano y se abre sin esfuerzo. Dentro puedo ver dos perros atados a las cañerías. Un chiguagua canijo de color canela y un caniche blanco enorme para la raza. Al asomarme, ambos enseñan sus dientes y decido no arriesgarme a que me puedan contagiar por mordedura, alguna enfermedad canina. Cierro la puerta pensando en el oscuro futuro de las dos bestias. Tercera puerta. Empujo con más fuerza que la primera y no se mueve en absoluto. Lo intento por segunda vez, imposible. Tengo que darme prisa, la cerveza me pide salir y noto una presión en mi bajo vientre.  Paso a la última y esta vez, veo salir a un tipo de aspecto relativamente normal. Me doy prisa, no dejo que se acabe de cerrar la puerta y entro de forma apresurada.  Una fuerte luz blanca me deslumbra. No veo nada. Intento averiguar donde esta el water a través de mis manos. Todo es muy frío, tiene el tacto suave del cristal. De repente se atenúa la luz y puedo abrir mis ojos. Estoy rodeado de espejos y mi imagen se multiplica de forma infinita. Veo mil urinarios a mi alrededor. -¿Cuál será el real?- Sin pensarlo dos veces comienzo a desahogar y no me planteo nada más que vaciar mi vejiga. Realmente lo necesitaba. Subo mi cremallera.  Apoyando ambas manos en las paredes portadoras de mis mil reflejos, intento averiguar donde está la puerta de la salida. Esta habitación papel de plata llega a ser tan indefinida que te pierdes en tu propia imagen. Por suerte alguien corpulento ha empujado la puerta y me coge del cuello para obligarme salir. Con cierto sarcasmo, le doy las gracias. 
Una vez meado y fuera del lavabo, todo se vislumbra con más claridad. De camino a la barra, paso por medio de varias mesas ocupadas por personas solitarias que acompañan sus tristezas y soledad, con las diversas bebidas del local. Me sorprende ver como la mayoría huye de la compañía de los personajes de luz, lo que nos lleva a crear cierta distancia entre nosotros y nos hace ser seres individualistas, protectores de nuestra intimidad en exceso. Tan sólo hay dos mesas ocupadas en alguna conversación y se intuye que es por la pura necesidad de compartir y no perder la práctica del lenguaje. Dos seres de luz revolotean con su color blanco y verde. Lo habitual es tener alguna conversación trivial y no arriesgarse a dar demasiada información. Lo que había sucedido con esos dos chicos y el drone, no era lo habitual. Ahora la cosa parece tranquila. Bueno, a no ser por esa chica divina interesada en hablar. 
Me siento con dificultad en mi taburete y vuelvo a levantar mi mano ante la mirada insistente de Sharlotte,- ¿Así ha dicho que se llama, verdad?-. La miro con serenidad y pongo el dedo índice delante de mis labios en señal de silencio.  -No te entiendo- dice. Señalo a los seres de luz que se han girado para mirarla. -No veo nada, ¿qué señalas?- grita con descaro. Los seres comienzan a cambiar de color y se van acercando hacia la barra. -¿No saldrá de nuevo el robot volador?- me pregunta con cierto cinismo. Rojo, negro. Mi cara cada vez se tensa más. Es imprudente la muchacha. Su aspecto vulnerable y dulce no se corresponde con su actitud. Demasiado arriesgado. Cojo un papel, y un viejo y prohibido lápiz de mina gris de mi bolsillo de la chaqueta y le escribo lo siguiente:
"Eres una chica muy atrevida pero te recomiendo que no te comuniques a través de la palabra, nos puedes meter en un serio problema. Mi nombre es Artuán. Búscame en este viejo bar y me encontrarás. Por hoy ya está bien"
Me levanto de mi asiento y sin mediar palabra paso por detrás de ella y con un claro disimulo le tiro la nota. Tras este acto decido que es hora de marchar. Comienzo a caminar hacia la puerta de salida con una sensación de satisfacción. Mañana será otro día dentro del infinito mar del tiempo intemporal.

Continuará...


1 comentario:

  1. Bueno bueno bueno... Al menos puedo situar a los personajes en esta atemporalidad que me está intrigando tanto, me encanta!

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